miércoles, mayo 17, 2006

Mil novecientos setenta y tantos



Me encanta esta foto. Estamos en casa de mi abuela, seguramente un domingo. La casa de mi abuela era el refugio ideal, el lugar adonde de niño, quería llegar. Allí soñaba y me sentía protegido en mis sueños. Subir a ese tercero sin ascensor, balancearme en la mecedora del balcón repleto de geranios era la expresión de la felicidad. En todos mis sueños de felicidad hay una mecedora y huele a geranio.

En mi muñeca izquierda cuelga mi primer reloj, marca Orient, que, como era sumergible y automático, no me quité en muchos años, dormía y me bañaba con él, su, considerable, peso me daba seguridad, le venció el destrozo a golpes al que le sometí.

En esa foto el flequillo me sienta bien. Mi padre se empeñaba en peinarme hacia atrás, pero era invencible. No me libré de él hasta segundo de carrera.

Estado civil: ¿opositor?


Tras la euforia del día menos uno, la angustia del primer día, y la confusión de los siguientes. Me encuentro en la etapa de ¿seré capaz de memorizar esta sarta de banalidades tramposas?

Lo cierto es que mi capacidad de concentración aumenta poco a poco, pero demasiado lentamente. Me siento como un peón frente a una montaña en la que debe horadar un túnel. Los primeros golpes de pico parecen inútiles, y cunde el desánimo cuando la arena acumulada encima durante miles de años viene a colmar el trabajo hecho. Supongo que, cuando lleve unos metros, y me interne en la oscuridad absoluta, la sensación será distinta.

lunes, febrero 20, 2006

Yerba mate y otras cosas sueltas

Desde hace poco me he aficionado a la yerba mate. Los argentinos y uruguayos hablan maravillas. Magnesio en cantidades industriales, diurética, ayuda a adelgazar... me preocupa mucho el alto contenido en cafeina, pero no veo que sea tan excitante como el té o el café, sino más bien revitalizante (como decía la hormiga atómica). Además, como todo lo he tenido que aprender solo, no sé si lo cebo bien.

Se me ha ido el santo al cielo. Envidio a la gente que puede pasarse horas y horas haciendo el trabajo que le gusta (ya hablé de que se consideraba un modo de alcanzar la felicidad. Lo he experimentado muy pocas veces. La cabeza funciona a velocidad de crucero, las ideas fluyen, te acuestas excitado y te cuesta dormirte, pero no experimentas la ansiedad del insomnio, sino que el sueño va creciendo a medida que los pensamientos disminuyen su ritmo, y te levantas descansado.

Avanzo lentamente, pero avanzo. No deja de preocuparme el hecho de que pueda pararme en seco, pues avanzar es una sensación extraña a mí, acompañada de una alegría serena y de un punto de preocupación, pues todavía no sé adónde voy, ni hacia dónde quiero ir.

domingo, febrero 19, 2006

Van Gogh

Decía: "si escuchas una voz que te dice, no puedes pintar, pinta, y la voz se callará".

Y aunque como pintor es para mí uno de los mejores, no le dejo de reprochar el haber hecho de su vida un callejón sin salida.

domingo, febrero 05, 2006

Tagore

En vez de buscar razones para hacer lo que queremos hacer, buscamos excusas.

miércoles, febrero 01, 2006

Yo te saludo, María

Es una película que llevaba décadas intentando volver a ver. Había desaparecido completamente, hasta de las mediatecas francesas, vete tú a saber porqué.

Ayer pude por fin volver a verla. No me decepcionó.

La película había sido condenada por la iglesia católica y los payasos de Cristo Rey se habían apostado a las puertas del cine para canear cinéfilos intransigentes.

Había visto poco de Godard, y esperaba ver algo muy transgresor, muy irreverente. Y lo que vi, y volví a ver ayer, fue un precioso poema sobre la Creación, el Alma y el Cuerpo.

Pocas veces he visto una defensa de la existencia de Dios tan bien argumentada. Me dieron mucha pena los jerifaltes onanistas del Vaticano, más dispuestos a perdonar la pedofilia que practican algunos de los suyos que el hecho de que en una película salga la Virgen María en pelotas.

En fin, que os la recomiendo.

domingo, enero 29, 2006

Caminos

Recuerdo un camino de tierra. Yo debía tener cuatro años y era verano, así que estábamos en Cullera. Di unos cuantos pasos. Nada, más camino de tierra. No era uno de esos niños que echan a andar sin mirar atrás, nunca pasé de dar una decena de pasos. Pero mi imaginación se ponía en marcha nada más situarme frente a ese camino. A mí se me antojaba que llevaba hacia cosas maravillosas, mundos fantásticos y aventuras fascinantes.

Siempre me gustaron los senderos abruptos, siempre me sugirieron mundos imaginarios. Y el sendero más abrupto de todos era el mar, el mar de Stevenson y de Verne.

A los diez años quería ser corsario. Pirata honrado, que diría el poeta suicida. Lobito bueno al rescate de brujas hermosas. En fin, que quería ser pirata, decía. Tenía un enorme pistolón con una cabeza de leon en la empuñadura, y con él soñaba abordajes, tormentas y, poco después, hermosas damiselas enamoradas. Años después, Georges Lucas acabó con mi sueño-pesadilla (me angustiaba mucho el vivir con dos o tres siglos de retraso) y abrió ante mí una senda aún más abrupta, la del espacio. Durante años mi única manera de conciliar el sueño era pensar que me rodeaban millones de estrellas, y que estaba perdido entre ellas.

¿Qué quería ser yo a los dieciséis años? Pues sí, ahora lo recuerdo, quería hacer bellas artes ¿cómo lo había olvidado? La única manera que tuve siempre de hacer mis sueños realidad era plasmarlos en el papel, en forma de dibujo. ¿Por qué no escribir? No, nunca lo consideré el medio apropiado. Puedo escribir historias que invento, pero mis sueños, debo dibujarlos.